lunes, 1 de octubre de 2012

SÍMBOLOS FRANCISCANOS



Este mes lo voy a dedicar a SAN FRANCISCO DE ASÍS cuya fiesta celebramos el 4 de octubre. Es una de las imágenes que más piden y una de las que más alegría me da al hacerla. En el blog ya les mostré varios modelos de imágenes del seráfico padre. Pero como les digo siempre antes de hacerlas hay que saber más sobre él y los Franciscanos, es por eso que les dejo para leer todo lo que yo ha bajado de internet antes de hacer la primera imagen de San Francisco, espero les sirva.
Datos obtenidos de:
http://www.angelfire.com/biz2/franciscansite7/simbolos.html

SÍMBOLOS FRANCISCANOS



Logo de la Comunidad Siervos de las Bodas del Cordero.


La Tau o tao

TAU, es la última letra del alfabeto griego, que corresponde a la T. El  Papa Inocencio III, ante una  Iglesia  empobrecida, vio  la necesidad de una reforma urgente, y convocó en  el año 1215 el IV Concilio de Letrán. Francisco estuvo allí en el  discurso  de apertura. Habían transcurrido  nueve  (9) años,  desde que escogió la vida evangélica y  nunca  había visto  tan claro el camino de su vida como  cuando  escuchó las palabras del Pontífice. 

El  Papa  Inocencio  III, evocó  al  Profeta  Ezequiel, mensajero del perdón de DIOS para cuantos estuvieran signados  con la letra TAU, e invitaba a todos los cristianos  a aceptar la TAU como símbolo de la urgente renovación  espiritual que estaba necesitando la Iglesia. Decía el Papa Inocencio III: "La Tau es la última letra del alfabeto griego, símbolo de la humildad en que se fundó el Evangelio y señal propia de los hijos de la Pobreza. 

La Tau tiene exactamente la misma forma de la cruz en que  fue clavado Cristo". Estas  palabras  eran  claro indicio del  deseo  de  la Iglesia  de regenerarse a sí misma y de absorber los  movimientos  reformistas de la época. SAN FRANCISCO se  sintió aludido  y desde entonces hizo su propio blasón de la  TAU, proclamada por el Papa como emblema de la reforma. 

Es  un hecho cierto que SAN FRANCISCO escogió el  signo TAU como símbolo de su vocación y la de sus discípulos. TAU fue su rúbrica; con ella marcó los lugares que habitaba  y suscribió sus cartas. Quería que sus frailes la llevaran, y él mismo fue contemplado en visión por Fray Pacífico con la TAU en la frente. 

Para  todo franciscano es parte de la herencia que  nos dejó SAN  FRANCISCO. Llevar la TAU quiere  significar  el empeño  de grabarla en el corazón, viviendo una vida  según el espíritu franciscano, pasando del Evangelio a la vida  y de la vida al Evangelio. Es el hábito de los Franciscanos Seglares.


El Cordón

El  cordón que llevan los franciscanos, usado antiguamente para atarse el sayal, lleva tres nudos que  representan  los fundamentos de la vida franciscana  que  instituyó SAN FRANCISCO al crear la Orden Franciscana, que son  nombrados  de abajo hacia arriba: OBEDIENCIA,  CASTIDAD y  POBREZA.



Hábito

El   hábito del terciario es un signo de penitencia  o conversión. La  toma  del hábito, es una ceremonia pública y  viva,  el candidato se despoja del "hombre viejo" para tomar un nuevo hábito  "hombre  nuevo" imagen de la vida nueva que va a  comenzar. 

Este hábito franciscano comprende el cordón y el  escapulario. Esta  toma  de hábito señala un compromiso  con  un  nuevo estilo  de vida y un desprendimiento de viejas  costumbres con renovación de los votos del bautismo. 

El postulante debe estar guiado por el espíritu del Evangelio. El rito de la toma de hábito nos hace entrar en la familia franciscana y así nos arraiga más profundamente en la Iglesia. La toma del hábito es un momento en el cual Dios nos concede una gracia especial. 

En  esta ceremonia, de la toma del hábito, aprobada por  la Iglesia,  es un signo exterior de lo que se realiza  en  el corazón,  el postulante recibe el escapulario y el  cordón signos de conversión y de la  pertenencia al Señor. Recibir  el hábito, es vestirse de  Cristo,  es comprometerse  a  tomar  la vida de Cristo  como  norma  de conducta,  todos los días de nuestra vida. Actuar  como  lo hubiese hecho Cristo en nuestro lugar.




El Escapulario

Está hecho de fieltro marrón sobre el que se cose unas telas o estampados que representan en el centro, dentro de un óvalo: el escudo franciscano: son los brazos de Jesús y Francisco saliendo de nubes y detrás está la Cruz, este escudo, en su parte inferior tiene cadenas, a la derecha una rama de laurel u olivo, sobre la cual hay cuatro coronas y a la izquierda la rama de olivo o laurel, sobre ella se encuentran una Mitra papal, de Obispos, arriba en el centro, un corazón dentro de una corona de espinas; fuera del óvalo, en las esquinas del recuadro, están cuatro escudos: en la parte superior izquierda uno igual al descrito dentro del óvalo; en la parte superior derecha, el de los 5 racimos de uvas, símbolo de las cinco llagas; abajo a la izquierda, un escudo con la Iglesia de .....; abajo a la derecha, un escudo con la Iglesia de ....En la otra pieza del Escapulario, que va sobre el pecho, se representa, dentro de un óvalo, la imagen de San Francisco bendiciendo con la mano derecha al Hermano León (de rodillas) y con la izquierda le da un papel, la bendición escrita especialmente para él, que aún se conserva en Asís. 

Sobre sus cabezas, se ven pequeños ángeles, y uno de medio cuerpo con una cítara. Fuera del oval en la esquina superior izquierda se representa la Inmaculada Concepción y a derecha el Cristo de San Damián, en la esquina inferior izquierda San Luis IX Rey de Francia y a la derecha Santa Isabel de Hungría. 

En la parte inferior de este recuadro hay un rectángulo con la representación de una ceremonia en un altar, parece ser San Francisco, dos Hermanos de rodillas y fuera del altar Santos Patronos Franciscanos, de pie y de rodillas. Cada pieza estampada está rodeada por un cordón con nudos. 

Ambos cuadros de fieltro se unen con cintas para armar el escapulario, éstas son blancas en el período de formación y marrones cuando se hacen los votos definitivos.

CÓMO HACER EL HÁBITO FRANCISCANO


ESTE ES EL HÁBITO ORIGINAL DEL SERÁFICO PADRE QUE SE CONSERVA EN LA IGLESIA DE SAN FRANCISCO EN ASÍS

Encontré este artículo escrito por un fraile franciscano, si bien es para una persona, les aseguro que me ayudó mucho para hacer la imagen de San Francisco, por eso lo comparto con ustedes.

CÓMO HACER UN HABITO FRANCISCANO, PARA FRAILES

Publicado por FRAY FRANCISCO JAVIER el 04 de septiembre del 2008

Hacer un hábito para frailes franciscanos es relativamente fácil, solo se requiere de unas buenas monedas, de una modista o si se tiene la capacidad de ser sastre tu mismo lo puedes hacer y la hechura sale gratis.
Todo comienza con la compra de las medidas del futuro portador del hábito, tomándose primero las medidas de espalda, mangas (aclaro que en mangas el largo de la tela debe sobrepasar la longitud tomada con los brazos cruzados en el pecho, y el ancho de mangas debe ser de máximo 20 cm), y de cintura porque existen personas que poseen una buena retaguardia y esos necesitaran mas tela, en el largo del habito depende si el futuro portador desea que le llegue hasta los tobillos o bien le tape los pies, eso depende de los gustos.

1. Si deseas el hábito del fraile franciscano capuchino o simple conventual el hábito es diferente: en el hábito del fraile franciscano el hábito lleva unos modestos prenses tanto en la parte delantera como trasera y la capucha va unida al hábito.

2. Si deseas el hábito del fraile franciscano conventual, entonces será diferente, porque va sin prenses, la capucha va separada del hábito y con una especie de cobertura que cae sobre el pecho y sobre los hombros adelante y atrás no más de la mitad de la espalda.

3. la capucha en ambos casos va hasta el nivel de la cara, jamás tapara la cara, la capucha es medianamente pequeña y reforzada en la parte de arriba con una especie de material duro que no permite que la capucha pierda su figura para que cuando descanse a nivel del cuello forme una especie de círculo alrededor de la cabeza, cuestión que hace ver el hábito franciscano como muy elegante, del resto es pura apariencia en cuanto a las virtudes franciscanas del portador. La fama de ver tapada la cara la veremos en las películas o en las demás órdenes religiosas como los cartujos y benedictinas, y dominicas.

4. La tela variara dependiendo del clima en que viva el fraile, porque no se le puede exigir al fraile de clima cálido que use una tela paño de lana o bien al fraile de clima frío que use una tela tipo "dril" para clima cálido porque aguantara frío del bueno.
La fama de áspera de la tela del hábito franciscano es de pura historia, debido a que el Seráfico Padre San Francisco de Asís sí utilizo una tela muy áspera debido a que uso el traje de los campesinos (de la región de la Umbria en hoy la República Italiana) debido a la forma de humildad que mostraban ellos y una forma de adaptarse al modo de vida del pobre de su época, pero el resto de tener que ser áspero el habito, yo considero que si se quiere martirizarse con algo bien áspero todo el tiempo mejor será vestirse con un vestido hecho a base de costales hechos con la planta Furcraea bedinghausii (nombre científico del fique) para guardar semillas o granos que así sí quedaría bien áspero y sacaría con la penitencia bastantes almas del purgatorio y purgaría el portador sus mismos pecados llegando santo al cielo.

PAZ Y BIEN








CRUZ DE SAN DAMIANO. FRANCISCANOS




EL CRUCIFIJO QUE HABLÓ A SAN FRANCISCO (El Cristo de San Damiano)


Tabla Bizantina de pintor anónimo del siglo XII Asís, Iglesia de Santa Clara desde 126O. Para una descripción detallada, repique sobre la imagen del Crucifijo.
El presente texto es el comentario de un montaje audio-visual, no comercializado, sobre el Crucifijo de San Damián.
El crucifijo de San Damián es un icono de Cristo glorioso. Es el fruto de una reposada meditación, de una detenida contemplación, acompañada de un tiempo de ayuno.
El icono fue pintado sobre tela, poco después del 1100, y luego pegado sobre madera. Obra de un artista desconocido del valle de la Umbría, se inspira en el estilo románico de la época y en la iconografía oriental. Esta cruz, de 2'10 metros de alto por 1'30 de ancho, fue realizada para la iglesita de San Damián, de Asís. Quien la pintó, no sospechaba la importancia que esta cruz iba a tener hoy para nosotros. En ella expresa toda la fe de la Iglesia. Quiere hacer visible lo invisible. Quiere adentrarnos, a través y más allá de la imagen, los colores, la belleza, en el misterio de Dios.
El de San Damián es, se dice, el crucifijo más difundido del mundo. Es un tesoro para la familia franciscana.
A lo largo de siglos y generaciones, hermanos y hermanas de la familia franciscana se han postrado ante este crucifijo, implorando luz para cumplir su misión en la Iglesia.
Tras de ellos, y siguiendo su ejemplo, incorporémonos a la mirada de Francisco y Clara. ¡Si este Cristo nos hablara también hoy a nosotros! Orémosle. Escuchémosle. Dirijámonos a él con las mismas palabras de Francisco:
«Sumo, glorioso Dios, ilumina las tinieblas de mi corazón y dame fe recta, esperanza cierta y caridad perfecta, sentido y conocimiento, Señor, para cumplir tu santo y verdadero mandamiento».



A la primera ojeada, descubrimos de inmediato la figura central: Cristo. Es el personaje dimensionalmente más importante. Tapa gran parte de la Cruz. Además, y sobre todo, se destaca sobre el fondo: Cristo, y sólo Él, está repleto de luz. Todo su cuerpo es luminoso. Resalta sobre los demás personajes, está como delante. Tras sus brazos y sus pies, el color negro simboliza la tumba vacía: la oscuridad es signo de las tinieblas.


La luz que inunda el cuerpo de Cristo, brota del interior de su persona. Su cuerpo irradia claridad y viene a iluminarnos. Acuden a nuestra mente las palabras de Jesús: «Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12). Cuánta razón tenía Francisco cuando oraba: «Sumo, glorioso Dios, ilumina las tinieblas de mi corazón».
Estamos ante un Cristo inspirado en el evangelio de san Juan. Es el Cristo Luz, y también el Cristo Glorioso. Sin tensiones ni dolor, está de pie sobre la Cruz. No pende de ella. Su cabeza no está tocada con una corona de espinas; lleva una corona de Gloria.
Nos hallamos al otro lado de la realidad histórica, de la corona de espinas que existió algunas horas y de los sufrimientos que le valieron la corona de Gloria. Mirándole, pensamos acaso en su muerte, en sus dolores, de los que aparecen varias huellas: la sangre, los clavos, la llaga del costado; y, sin embargo, estamos allende la muerte. Contemplamos al Cristo glorioso, viviente.

¿No nos recuerda que todos nuestros sufrimientos, un día, serán transformados en gloria?

Cristo denota también donación, abandono confiado en el Padre. Dice en el evangelio de san Juan: «... Yo doy mi vida... Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente... Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Jn 10,17-18; 15,13). He aquí al Cristo que se entrega, que se da. Parece ofrecerse, dispuesto a todo, confiado en el Padre.
¿No nos invita a seguir sus huellas, a entregarnos nosotros también, a dar la propia vida?
Es también un Cristo que acoge al mundo. Tiene sus brazos extendidos, como queriendo abrazar al universo.
Sus manos permanecen abiertas, como para cobijarnos y anidarnos en ellas. Están también abiertas hacia arriba, invitándonos a mirar, más allá de nosotros, en dirección al cielo. ¿No están abiertas también para ayudarnos, para sostener nuestros pasos y levantarnos tras nuestras caídas?

El rostro de Cristo



El rostro de Cristo es un rostro sereno, sosegado. En línea con la bella tradición de los iconos, tiene los ojos grandes, pequeña la boca, casi invisibles las orejas. ¿Por qué? En la contemplación del Padre, en el mundo de la Gloria, ya no hace falta la palabra, ni hay ya que escuchar. Basta con ver, con mirar, con amar. Como Cristo contemplando a su Padre.
Tiene los ojos muy abiertos. Miran a través nuestro a todos los hombres. Su mirada envuelve a quienes están cerca, a quienes le contemplan, pero está, a la vez, atenta a todos. «Ésta es mi sangre derramada por vosotros y por la multitud» (cf. Mt 26,28). Con su mirada alcanza a todas las generaciones, a los hombres de hoy, a todos los que serán. Viene a salvarlos a todos.

La parte superior del icono


En primer lugar, de abajo arriba, una inscripción sobre una línea roja y otra negra, con las palabras: «Iesus Nazarenus Rex Iudeorum», «Jesús Nazareno, el Rey de los judíos». Este texto nos remite explícitamente al evangelio de san Juan (Jn 19,19). Los otros evangelistas dicen: «Jesús, el Rey de los judíos». El icono cita, pues, el texto de Juan con la palabra Nazareno. Un simple detalle, pero un detalle importante para Francisco. Nazareno es el recuerdo de la vida pobre, escondida y laboriosa de Jesús. Jesús trabajó con sus manos. El que está en la gloria, el que es toda Luz, pasó por la pobreza de Nazaret, por el trabajo humano.
Sobre el rótulo, un círculo. En el círculo, un personaje: el Cristo de la Ascensión.
Observemos su impulso. Se eleva. Parece subir una escalera. Abandona el sepulcro, representado en la oscuridad que cerca al círculo. Va hacia su Padre. Lleva en la mano izquierda una cruz dorada, signo de su victoria sobre el pecado. Alarga la mano derecha en dirección al Padre.
La cabeza de Cristo está fuera del círculo. Y eso que el círculo, en la iconografía, es símbolo de perfección, de plenitud. Pero la perfección y plenitud humanas no pueden abarcar a Cristo. Cristo rebasa toda plenitud. Por eso está su rostro por encima del círculo.
A izquierda y a derecha, unos ángeles. Miran a Cristo que entra en la gloria. Son rostros felices. Cristo se alegra con ellos, y sigue vuelto hacia todos, sin dejar de mirar al Padre. En su Ascensión y Gloria, Jesús prosigue su misión de Salvador.

El semicírculo del ápice de la cruz

Un círculo, del que se ve sólo la parte inferior. La otra es invisible. Este círculo simboliza al Padre. El Padre, conocido por lo que Cristo nos ha revelado de Él, sigue siendo, como dice Francisco, el incognoscible, el insondable, el todo Otro.
Por eso vemos sólo un semicírculo. El resto, nadie lo conoce. Es el misterio de Dios, incomprensible para nosotros hoy.
En el semicírculo, una mano con dos dedos extendidos. Es la mano del Padre que envía a su Hijo al mundo y, a la vez, lo recibe en la gloria.
Los dos dedos pueden tener un doble significado: recuerdan las dos naturalezas de Cristo, hombre y Dios. Así es el Hijo del Padre. O bien, indican al Espíritu Santo. Decimos en el Veni Creator: «Digitus Paternae dexterae»: «El dedo de la diestra del Padre». Así se denomina al Espíritu Santo. En su discurso de apertura del Concilio IV de Letrán, en tiempo de Francisco, Inocencio III habla del Espíritu Santo llamándolo dedo de Dios.
Asombra observar cómo este icono evoca el entero misterio de la Trinidad: Francisco no podía contemplar a Cristo sin asociar al Padre y al Espíritu. La contemplación de este icono le ayudó, quizás, a atisbar la plenitud de Dios.

¿Y nosotros? ¿Nos dejamos guiar por el Espíritu para calar en el misterio de Dios?

Los brazos de la cruz



Bajo cada mano y antebrazo de Cristo hay dos ángeles. La sangre de las llagas los purifica, y se derrama por el brazo sobre los personajes situados más abajo. Todos son salvados por la Pasión.
En los extremos de los brazos de la cruz, dos personajes parecen llegar. Señalan con la mano el sepulcro vacío, simbolizado por la oscuridad de detrás de los brazos de Cristo: ¿No serán las mujeres que llegan al sepulcro para embalsamar el cuerpo y a quienes los dos ángeles les muestran a Cristo Glorioso?

A los lados de Cristo



A los flancos de Cristo hay cinco personajes íntimamente unidos a Él. Estamos en el evangelio de Juan: «Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre María la mujer de Cleofás y María Magdalena» (Jn 19,25).
Acerquémonos a estos personajes, cuyos nombres figuran al pie de sus imágenes.
A la derecha de Cristo están María y Juan. Juan está al lado mismo de Cristo, como en la Cena. Él fue quien vio atravesar su costado y salir sangre y agua de la llaga, y quien lo atestiguó veraz (Jn 19,35).
María, grave el rostro, está serena: ningún rastro exagerado de dolor; la suya es realmente la serenidad de la creyente que espera confiada al pie de la cruz y cuya esperanza no queda defraudada. Acerca su mano izquierda hasta el mentón. En la tradición del icono, este gesto significa dolor, asombro, reflexión. Con la mano derecha señala a Cristo. Juan hace el mismo gesto y mira a María como preguntándole el sentido de los hechos.

¿No se contiene, en esta pintura y en estas actitudes, toda una enseñanza sobre el papel de María, que nos conduce a Cristo y nos ayuda a comprenderlo?
¿No entendió así Francisco el cometido de María? ¿Y nosotros? ¿Le reconocemos a María su verdadero papel: el de enseñarnos a conocer a Cristo?

Al flanco izquierdo de Cristo hay tres personajes: dos mujeres y un hombre. Cabe Cristo, María Magdalena y María, la madre de Santiago el Menor: las dos mujeres que llegaron primero al sepulcro la mañana de Pascua. Con la mano izquierda en el mentón, María Magdalena manifiesta su dolor, en tanto que la otra María, la madre de Santiago, le apunta con la mano a Jesús resucitado, invitándola a no encerrarse en su propio sufrimiento.
Junto a las dos mujeres, un hombre: el centurión romano que estuvo frente a Cristo y, al ver «que había expirado de esa manera, dijo: "Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios"» (Mc 14,39). Es el modelo de todos los creyentes. Parece sostener en su mano izquierda el rollo en el que estaba escrita la condena. Con su mano derecha, y sus tres dedos levantados, enuncia su Fe en Dios Trino: Padre, Hijo y Espíritu.
Por encima del hombro izquierdo del centurión romano asoma una cabeza pequeñita, y detrás, como un eco, otras cabezas. ¿No será la multitud, todos los creyentes que venimos a contemplar a Cristo para entrar en su misterio y reavivar nuestra fe?
A los pies de María, un personaje más pequeño. Leemos su nombre: Longino. Es el soldado romano. Mira a Cristo, y sostiene en la mano la lanza que le traspasó el costado.
Al otro flanco, a los pies del centurión, otro personajito. Apoya la mano en la cadera, y parece mofarse de Cristo crucificado. Sus vestidos hacen pensar en el jefe de la sinagoga. Su rostro aparece de perfil. Detalle sorprendente en un icono, cuyos personajes generalmente están de frente con la cara iluminada. Este hombre no ha alcanzado todavía la luz de Cristo. Es menester que la otra parte de su rostro, la que no se ve, salga de la oscuridad y sea iluminada por la Resurrección.

A los pies de Cristo


En el pie de la cruz, a la derecha, hay dos personajes: Pedro, con una llave, y Pablo. Debía haber otros. El tiempo los ha borrado. Eran, quizá, santos del Antiguo Testamento, o san Damián, patrono de esta iglesita, tal vez también san Rufino, patrono de la catedral de Asís. La sangre de las llagas se difunde sobre ellos y los purifica.
Sobre Pedro, a media altura frente a la pierna izquierda de Cristo, un gallo en actitud desafiante. Evoca la negación, la de Pedro y las nuestras. Es el símbolo, igualmente, del alba nueva. Saluda con su canto los primeros rayos del sol y nos invita a todos a salir del sueño para adentrarnos en la luz de Jesús resucitado.
El Cristo de San Damián, recién contemplado, contiene una asombrosa densidad teológica. En él encontramos la evocación del Misterio Trinitario y la plenitud de Cristo, encarnado, muerto y resucitado. Unido a los suyos en el cielo por la Ascensión, sigue permanentemente vuelto hacia nosotros. Su Misión es salvarnos a todos. Estamos ante el Misterio Pascual total.
Cristo no está solo sobre la cruz. Está en medio de un pueblo, simbolizado en los personajes que lo rodean y atestiguan su resurrección. Hoy, también, sigue vivo en medio de su Iglesia. Invita, a quienes les contemplamos, a ser sus testigos.

¿Oímos su llamada?

Francisco miró, interrogó con detención a este crucifijo. Y se le convirtió en camino que lo condujo a la contemplación de su Señor. Fue el punto de partida de su Misión: «Ve y repara mi Iglesia».
Francisco, además, siempre se dejó educar por cuanto veía (la creación, los leprosos, sus hermanos...). ¿No aprendió mucho demorando con frecuencia su mirada reposada sobre este icono?
Su biógrafo Celano dice que este Cristo habló a Francisco. Ahora podemos comprender mejor el sentido de esta frase y dejarnos captar por Cristo, para participar también en la construcción de la Iglesia, tras las huellas de Francisco.



Escudos Franciscanos


 


Existen varios escudos franciscanos, entre ellos tenemos los más conocidos son el de los brazos de Cristo y Francisco con la Cruz en el fondo, en este caso una tao. Otro es el de los racimos de uvas que representan las cinco Llagas de Cristo.